domingo, 20 de marzo de 2016

Y, por fin… ¡llegó la primavera! Focha común. Fulica atra. Gallineta rial.

Pues sí, ya llegó la ansiada primavera con la que esperamos poder observar un buen número de especies que nos visiten en su paso prenupcial y con sus mejores galas. 



Por aquí de momento la cosa parece que se mueve algo, aunque muy poco a poco, pero las ganas te superan y en cuanto sale un pequeño rayo de sol, nos lanzamos a la búsqueda de algún ser vivo (animal o vegetal) que nos indique que, efectivamente, la primavera se va imponiendo.



Por este motivo, la entrada que presento hoy pretende transmitir unos cuantos aspectos que a lo largo de estos días he podido captar con mi cámara y que, al menos para mí, son representativos de la llegada de la estación del año en la que la naturaleza revive.





Y es que, efectivamente, la primavera simboliza el florecer y el renacer, ya que la vida resurge en todo su esplendor, las plantas dan flores y frutos, y los animales realizan sus cortejos, “entregándose al amor”, para que su existencia también florezca y fructifique.





Y eso es justo lo que he pretendido captar a través de las imágenes que presento en esta entrada en la que aparecen varias especies de lo más habitual en nuestros entornos, pero en las que la influencia de la llegada de la primavera se ha hecho notar. 





Estas primeras imágenes las pude captar en la cola de la Ría de Avilés y los protagonistas fueron una pareja de Ánades azulones, los cuales reclamaron mi atención tras sorprenderme unos sonidos extraños y observar parte del ritual de apareamiento, en el que el macho, engalanado con su plumaje más vistoso, giraba dando vueltas alrededor de una hembra que permanecía quieta y parecía indiferente, emitiendo un característico sonido gutural, hasta que, tras rondarla en varias ocasiones, se subió encima de ella y comenzó a picotearla en la cabeza reiteradamente, hasta obligarla a sumergirla totalmente durante unos segundos.





Nada más finalizar su “hazaña”, el macho inició de nuevo sus rondos alrededor de la hembra, mientras que ésta calaba su cabeza y pico en el agua en reiteradas ocasiones, para a continuación, alzarse “triunfante” sobre su cola, aleteando de manera ostentosa sus extendidas alas, en las que destacaba el llamativo y característico espejuelo azul violáceo, ribeteado de blanco y negro.





Tras esta exhibición por parte de la hembra, mientras el macho seguía dando vueltas alrededor de ella, ésta volvió a calar el pico una y otra vez y a acicalarse el plumaje.





La segunda prueba que constataba la inminente llegada de la primavera, la pude disfrutar recientemente en el Parque de Isabel la Católica de Gijón, en donde una pareja de Cisnes blancos con sus espectaculares plumajes blanco nival, también iniciaban su armonioso y acompasado movimiento de sus largos cuellos y giros laterales de cabeza, como inicio de su cortejo nupcial, en el que proporcionaban un buen número de imágenes de una gran belleza plástica, cuando los estiraban y plegaban simétricamente formando figuras que simulaban un corazón. 





Un poco más tarde y al igual que había visto realizar a la pareja de Ánades azulones, el macho se alzó sobre la hembra y comenzó a picotear reiteradamente el cuello y la cabeza de la hembra, hasta hacerla sumergir totalmente la cabeza durante un buen rato.





La única diferencia con el caso anterior, consistió en que tras la cópula, no solo “bailaba la hembra, sino que al igual que lo hicieron en el inicio, ambos sexos volvieron a realizar la danza en espejo y a acicalarse profusamente el plumaje. 





Más tarde, mientras la hembra continuaba sus tareas de acicalamiento del plumaje, se retiraba el macho exhibiendo su bello plumaje en todo su esplendor.





El buen tiempo también hizo que se animasen a esos vulgares menesteres, una pareja de gaviotas, pero en esta ocasión sin miramientos ni cursilerías de cortejos previos, aplicando directamente el aquí te pillo aquí te …., pero eso sí, manteniendo un equilibrio que por momentos, parecía imposible.





Para concluir estas claras evidencias de que por fin ha llegado la primavera, os presento las tiernas imágenes de la primera pollada que he podido ver este año y que corresponde a la de una Focha común que, no sin esfuerzos, está intentando sacar adelante a sus cinco polluelos en uno de los estanques del estupendo Parque de Isabel la Católica de Gijón.





Una y otra vez los padres se afanaban en cebar a sus cinco descendientes, a los que daban una clara prioridad a los pollos menos desarrollados, llegando incluso a picotear efusivamente a los mayores, en beneficio de los más pequeños y de cuando en cuando, combatiendo a lo múltiples intrusos que se atrevían a aproximarse al destartalado nido construido entre las ramas de la vegetación adyacente al agua.





La verdad, es que la apariencia de estos polluelos es, como diría yo, un tanto extraña y destartalada, con una cabeza calva y de color rojo, al igual que la cara, unos ojos saltones, pico rojo-anaranjado con el extremo blanco y con una especie de bufanda de pelos amarillenta que contrasta con el plumón negro a modo de pelo revuelto. Todo un “fistro” con aspecto de borrachín, permítaseme la expresión.





La Focha común (“Fulica atra”) es un ave sobradamente conocida perteneciente al orden de las “Gruiformes”, familia “Rallidae” y género “Fulica”.





Como el resto de los Rálidos (Rascón, Gallineta, Polluelas, Calamón, Guión de codornices) son aves de pequeño o mediano tamaño propias de humedales donde abunde la vegetación palustre, salvo el Guión de codornices que cría en las tierras de labor. 





Miden entre los 36-38 cm de largo, con una envergadura que puede alcanzar los 85 cm y un peso de hasta 1,1 Kg. Pueden alcanzar fácilmente los diez o doce años, y excepcionalmente, se han comprobado edades superiores. No hay dimorfismo sexual en esta especie.





El plumaje del cuerpo es enteramente negro con tonalidades gris pizarra, mientras que el de la cabeza y cuello son de un negro intenso y brillante.





El pico es corto, fuerte y de color blanco con un ligerísimo tinte rosa. Se encuentra unido, mediante una cuña intermedia de plumas, a un característico escudete frontal de color blanco puro.





Los ojos tienen el iris de un llamativo color rojo rubí.





La cola es corta y es de color gris pizarra.





Las alas son también de color gris pizarra con las puntas de las plumas secundarias de color blanco, solo visibles cuando vuelan.





Las patas tienen grandes escamas y unos largos dedos, anchos y lobulados, diseñados para facilitar el avance del ave cuando nada. Tienen las tibias de color anaranjado amarillento en las zonas laterales, grisáceo amarillento en la anterior y los dedos de color grisáceo verdoso. 





Los jóvenes tienen el plumaje pardo grisáceo con la garganta y el pecho blancuzcos. El pico es amarillento y carecen del escudete frontal de los adultos.





Su alimentación es omnívora pero principalmente es a base de algas, brotes, tallos, raíces y semillas de plantas acuáticas sumergidas. También, y sobre todo durante la época de reproducción, comen moluscos, lombrices, larvas, insectos, caracoles, escarabajos acuáticos y hasta pequeños vertebrados (pececillos, renacuajos, etc.) o incluso huevos o pollos de otras aves. 





Para conseguir estos alimentos, utilizan varias técnicas que van desde calar la cabeza, el cuello y la mitad del cuerpo, dejando al descubierto la parte trasera y la cortísima cola, ayudándose en esta acción con las patas, hasta ocasionalmente, bucear para alcanzar el alimento menos accesible, o pastar en tierra o en las orillas de las charcas y ríos. Al nadar suelen llevar el cuello recogido y hay un cierto movimiento de la cabeza hacia adelante y atrás.





Tienen un vuelo rápido y para alzarlo lo hacen con notable dificultad, debiendo realizar primero una considerable “carrera de despegue” sobre la superficie del agua con acompañamiento de batidos de alas. Ésta es la única manera que tiene de lograr la circulación de aire suficiente que precisa para generar la fuerza sustentadora que habilita su despegue y la sostiene, luego, en el aire.





Son bastante ruidosas y habitualmente emiten distintos sonidos o gritos tipo “Kiuc” alto y breve, que en otras ocasiones repite pero en tono más bajo, tipo “kiuc-kiuc-kiuc”. En otras ocasiones emiten un agudo y explosivo “skuic” para expresar agresividad, temor o alarma. 

Quiero aprovechar aquí, para presentar algunas de las fotografías que pude realizar en una de mis visitas a Santoña, a varias Fochas comunes leucísticas, que se han convertido ya en un clásico de la zona.





Sus hábitats preferidos son lugares con aguas libres y tranquilas de relativa profundidad y escasa corriente, donde abunden las orillas fangosas y las densas matas de vegetación palustre, en las que se oculta y nidifica. Así, se las puede encontrar en humedales tanto naturales como artificiales, lagunas salobres, marismas, albuferas, embalses, pantanos, y ríos y lagos de montaña.





Se distribuyen ampliamente estando presentes en Europa, Asia, Norte de África y Oceanía. 


En España son residentes habituales pudiéndolas encontrar en numerosas localidades, tanto interiores como costeras, así como en Baleares y Canarias. Además durante el invierno su número aumenta debido a la llegada de ejemplares procedentes del resto de Europa que acuden a la península para invernar. Las marismas del Guadalquivir, el delta del Ebro, el Hondo y algunos enclaves del centro peninsular, como La Mancha húmeda, son las principales zonas de cría en España. 


La Focha común es una especie muy gregaria, sobre todo fuera de la época de la cría, concentrándose en grandes cantidades, muy a menudo varios millares, en aguas libres muy al descubierto y lejos de cobertura vegetal. Casi siempre está mezclada con patos de diversas especies y nada entre ellos sin que parezca existir competencia.





Son aves agresivas, con un sentido territorial altamente desarrollado y las luchas entre ellas son frecuentes para lo cual se levantan de forma que se sientan sobre las colas y se golpean con las patas. No temen a ninguna otra especie, aunque siempre parece que detrás de esta fiereza se oculta una gran disposición para la huida. Cuando se muestran agresivas con otras de su misma especie, nadan con el cuello y cabeza muy estiradas y horizontales a ras del agua, llevando las alas entreabiertas y nadando rápida y directamente.





La época reproductiva se extiende desde el mes de enero a mayo y en ella se vuelven muy territoriales y agresivas, incluso con los de su propia especie.





Construyen su nido a modo de una voluminosa plataforma confeccionada con tallos de plantas acuáticas que las aves doblan para conseguir una estructura flotante, pero firmemente anclada al fondo, ya que los tallos empleados a tal efecto permanecen vivos.





La puesta se compone de 5-6 huevos que serán incubados por ambos adultos durante 21-24 días. Los pollos, de aspecto peculiar, son nidífugos, al cabo de los 4 días de haber nacido abandonan el nido para ir al agua, donde son alimentados por sus progenitores y en cuya compañía permanecen. Cuando cuentan con aproximadamente dos meses de vida, las jóvenes fochas alcanzan su completo desarrollo.





La Focha común es un ave muy prolífica que como consecuencia de las numerosas y repetidas pérdidas que sufren sus polladas, son capaces de efectuar hasta tres puestas anuales.





Entre las principales amenazas que existen para esta especie, hay que destacar la alteración o desaparición de los humedales por los cambios inducidos por el hombre. También hay que llamar la atención de la intensa depredación que sufre esta especie tanto por animales como ratas, aguiluchos, cuervos, etc., así como por el propio hombre. La costumbre de capturar los huevos y las crías de esta especie está muy extendida en algunos lugares del sur de España.

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