viernes, 16 de junio de 2017

Un sorprendente encuentro. Tarro canelo. Tadorna ferruginea.

En un reciente viaje realizado a la comunidad de Madrid, tuve lo que para mí fue un interesante avistamiento de varios pequeños grupos de tarros canelos que sobrevolaban rápidamente y a una cierta altura, el lugar donde me encontraba cerca de la localidad de El Pardo.




Ante semejante sorpresa para mí, no dude en realizarles unas cuantas fotografías testimoniales que ahora os presento.




Para mí que habitualmente sigo ciertos blogs o páginas web relacionadas con la ornitología y la fotografía de la naturaleza en general, no me sorprendió demasiado ese avistamiento pues, con relativa frecuencia veo publicadas algunas imágenes de esta curiosa especie de anátida que en la comunidad de Madrid, al parecer, puede verse con relativa facilidad en ciertos embalses o parques públicos, y que según afirman los expertos, su procedencia vendría de colecciones privadas o de casos que se han asilvestrado.




Acostumbrado a verlos en esa situación de cautividad en lugares como el estupendo Parque de Isabel la Católica de Gijón entre otros, no dejaba de emocionarme verlos volando con plena libertad y en un precioso cielo azul como el que pude disfrutar esos días en la comunidad de Madrid.




Pero mi sorpresa fue mucho mayor, cuando realizando una caminata por una senda bastante transitada por senderistas y bicicleteros de montaña en los alrededores de uno de los pueblos de la zona del noroeste de la provincia (Sierra de Guadarrama), pude ver cómo me sobrevolaba, en esta ocasión a mucha más baja altura, otro ejemplar de Tarro canelo que parecía iba descendiendo hasta posarse en una de las múltiples dehesas que bordean esa ruta.




Poco a poco pude acercarme al lugar donde más o menos pude calcular que se había posado y pude encontrarle posado tranquilamente en el campo, lo que me permitió realizarle unas cuantas fotografías a placer, dada la ausencia de vegetación o de otros obstáculos que me lo impidieran.




Al poco rato volvió a retomar el vuelo de ese lugar y pude averiguar cuál había sido la causa de su espantada y posterior vuelo, ya que por la zona se escuchaban los ladridos de un perro que no parecía precisamente pequeño.




Tras adentrarme por un poco más por la zona siguiendo la procedencia de esos ladridos me topé con el susodicho cánido y con su dueño que, eso sí, inmediatamente me tranquilizó diciéndome que no habría problemas, que no me haría nada, que tan solo quería jugar y que le gustaba mucho bañarse en una pequeña charca aledaña, para así mitigar los calores que en eso momento estábamos padeciendo.




Sin querer entrar en mayores discusiones que no iban a conducir a nada más, decidí separarme de esa charca, mientras seguía dándose chapuzones el bueno del perro y proseguir mi camino campo a través por la zona por donde seguía sobrevolando el Tarro canelo y que estaba relativamente próxima.




Según me aproximaba mi sorpresa fue enorme ya que al saltar un pequeño muro de piedra medio derruido, pude apreciar al Tarro canelo posado sobre una gran piedra granítica y lo más sorprendente era que estaba asentada en el perímetro de otra bonita charca diferente a la anterior.




Pero la gran sorpresa fue ver como al poco rato, el Tarro canelo se desplazaba desde esa roca al centro de la charca, pero en esta ocasión seguido de cerca de seis maravillosos pollos que al unísono respondieron a las indicaciones de su progenitor.




Tras situarme escondido en el otro extremo de la charca en una zona de rocas y algún que otro árbol y matorral de zarzas, pude disfrutar durante unos cuantos minutos sus evoluciones acuáticas. 




Al poco rato pude ser testigo de la aparición en escena de otro ejemplar de Tarro canelo que previamente estuvo sobrevolando ambas charcas hasta que, al igual que hizo el anterior, se posó en un prado cercano a la charca.




Analizando la situación en la que me encontraba no me parecía muy razonable, pues me encontraba en las inmediaciones de un pueblo de la sierra a no menos de 1.100 m.s.n.m y en los alrededores de una pequeña charca que está situada a escasos metros de una carretera relativamente frecuentada, y que por otro de sus lados, está bordeada por una senda por la que también, con cierta frecuencia, circulan bicicletas de montaña, senderistas y hasta motocicletas, pero… la naturaleza es así de caprichosa y ese lugar les debió parecer el idóneo para asentarse para criar.




A raíz de este avistamiento, he estado intentando informarme de la manera más fiable posible de la situación actual del Tarro canelo en nuestro país y lo que he podido recopilar es que la población española de esta especie puede dividirse actualmente en dos grupos:




Uno de ellos está constituido por efectivos nidificantes de origen silvestre establecidos desde mediados de la década de 1990 en el archipiélago canario y en concreto en algunas localidades de la isla de Fuerteventura y cuya procedencia con toda probabilidad sea de la población norteafricana. Curiosamente, hasta mediados del siglo XX, el Tarro canelo era una especie relativamente habitual como invernante en las marismas del Guadalquivir, donde también se conocía su eventual reproducción, pero que desapareció casi por completo a partir de 1965.




El otro grupo estaría integrado por ejemplares detectados de forma más o menos regular en el resto del territorio nacional y que ocasionalmente llegan a criar con éxito, como presumiblemente es el caso que hoy os presento. Estas citas deben tomarse con cierta precaución ya que no se puede descartar que pudieran corresponderse con verdaderos ejemplares divagantes de las vecinas poblaciones del norte de África, al igual que ocurría en el pasado, pero también podría tratarse de escapes de ejemplares en cautividad, ya que es una especie común en parques, colecciones y núcleos zoológicos que en ocasiones son mantenidas en condiciones que facilitan sueltas y escapes.




Lo cierto es que en los embalses cercanos a la sierra madrileña (Manzanares el Real, Valmayor, Santillana…) desde hace años es habitual observar grupos cada vez más numerosos, lo que hace pensar que se esté produciendo la reproducción en libertad de forma irregular u ocasional, pero sin indicios de que se encuentren en proceso de establecimiento definitivo y cuyo origen más probable sea el de los escapes que se mencionan y que se han asilvestrado. 




En cualquier caso yo he tenido la fortuna de poder observar y fotografiar en bastantes buenas condiciones a esta bonita especie es estado salvaje y sobre todo con sus seis crías disfrutando de un día primaveral en una preciosa charca.




Como muchos ya sabéis, el Tarro canelo es una especie de ave anseriforme de la familia “Anatidae” propia de Eurasia y el norte de África cuya denominación científica como “Tadorna ferruginea” hace referencia al color de su plumaje, ya que el término celta “tadorne” significa “pato manchado” y “ferruginea”, es la forma femenina de la palabra latina “ferrugineus” que significa “herrumbroso”, “del color del hierro”. Es decir, “pato manchado de color herrumbroso”.




Poseen un tamaño intermedio, algo mayor que el Tarro blanco, y de aspecto compacto, con unas proporciones muy próximas a los ánsares ya que miden entre los 58-70 cm de longitud, tienen una envergadura que puede alcanzar los 135 cm y un peso que ronda los 1.2-1.6 Kg (hembras entre 0,9 y 1,5 kg). Es una especie monotípica, es decir, no se reconocen subespecies diferenciadas.




Como a continuación veremos, en esta especie existe un ligero dimorfismo sexual, además los machos son ligeramente más grandes que las hembras.




Los machos durante la época reproductiva tienen una coloración canela anaranjada, algo más oscura en la zona del manto y del pecho. Durante el invierno su coloración se vuelve más apagada en general, pues pierde brillantez.




La cabeza, ligeramente redondeada, también es de color canela anaranjado pero con la cara más pálida, casi crema, especialmente en la frente y los márgenes de los ojos.




El pico es medianamente largo, estrecho y de color negro.




Los ojos son pequeños, redondos y de color marrón oscuro.




El cuello es largo y durante la época estival, en su base tienen un estrecho collar negro, a veces incompleto (en fase de eclipse).




La cola es corta pero ancha y es de color negro con reflejos irisados de color verdoso al igual que el obispillo y las rémiges.




Las alas son largas, estrechas y por la parte superior son de color canela anaranjado con las coberteras blancas lo que hace que cuando vuelan se vean unas grandes franjas blancas. Las plumas primarias y las secundarias son negras con reflejos iridiscentes verdosos. Por debajo, la parte anterior de las alas, son blancas. 




Poseen un llamativo espejuelo de color verde brillante




Las patas son largas, de color negro y tienen los dedos palmeados.




Las hembras tienen en general una coloración menos anaranjada que la de los machos y carecen del característico collar de ellos. Su cara y frente son más blanquecinas.




Por su parte, los jóvenes son bastante similares a las hembras pero de color más pardo grisáceo por la cabeza, la espalda y la parte anterior del ala. El resto de la coloración es más apagada.




Son aves bastante ruidosas que en vuelo emiten un fuerte graznido nasal tipo “ang” semejante a un trompeteo y un “ah-ung” disilábico, similar al que emiten los asnos. También emiten un “ahrrr” hueco y retumbante.




Son de hábitos terrestres y prefieren estar en tierra por donde andan con soltura y a veces corren con mucha rapidez. Tienen tendencia a posarse en elevaciones del terreno, sobre todo en rocas, cercas y se dice que también en árboles. También buenos nadadores.




En la época de cría suele encontrarse en parejas dispersas, mientras que fuera de la época de reproducción, durante la migración, se congrega en pequeñas bandadas.




El Tarro canelo vuela con potencia y es rápido, pero debido a su volumen, le cuesta levantar el vuelo.




El patrón de las alas de color blanco y negro lo mismo por debajo que por encima resulta un dato inconfundible junto al tamaño y el color del cuerpo.




Tienen una distribución paleártica meridional, pudiéndolos encontrar en diferentes lugares de Asia centro-occidental, sureste de Europa, noroeste de África y también las tierras altas de Etiopía.


Es una especie migradora en parte de su área de distribución. Probablemente a la Península y a Canarias llegan algunos grupos pequeños de aves silvestres desde Marruecos en la época posnupcial, de los cuales se nutre la población española. Su presencia actual en otras muchas localidades españolas se debe probablemente a ejemplares escapados de la cautividad o a sueltas intencionadas.




En España son residentes habituales y actualmente nidifica, de forma exclusiva, en Fuerteventura y es tan solo divagante en la Península Ibérica, si bien en el pasado fue invernante regular y nidificante ocasional en Andalucía, con algunos registros en la costa de Levante y de Cataluña. 




Sus hábitats naturales preferidos se localizan en humedales de varios tipos, lagunas, ríos, pantanos y últimamente en algunos estanques de los parques públicos, siempre y cuando tengan zonas alrededor que les permita pastar, sean de aguas poco profundas y con escasa vegetación acuática alta y densa.




Su alimentación es omnívora pero su dieta se compone fundamentalmente de materia vegetal, brotes de hierba, semillas, tallos, crustáceos, moluscos, pequeños peces, anfibios, gusanos e insectos. Suelen alimentarse principalmente al amanecer y al atardecer.




El periodo de reproducción lo realizan entre los meses de mayo a junio. Construyen el nido en alguna depresión del suelo a la cual recubren con plumón aunque también pueden ubicarlo en grietas, cuevas, árboles, etc. La puesta se compone normalmente de 8-11 huevos. La incubación dura 28 días aproximadamente. Las crías son nidífugas, a las pocas horas de nacer abandonan el nido y son capaces de alimentarse por sí mismos, aunque siguen siendo atendidas por sus padres durante unos 25 días más.




La amenaza más importante que sufre la especie es la destrucción del hábitat y la extracción de agua para riego en las charcas de Fuerteventura. En menor medida está la caza furtiva y la persecución que, aunque también están considerados como factores de riesgo, lo son menos de lo que en principio podría parecer, ya que al parecer los cazadores consideran que su carne no es de buena calidad. 




También hay que tener en consideración el posible expolio de sus nidos, circunstancia habitual en Fuerteventura, donde los pollos son con frecuencia capturados por los isleños o depredados por gatos cimarrones y gaviotas. Por último, comentar que como en el caso de otras muchas especies, existe una cierta mortalidad por choques contra líneas eléctricas de alta tensión. El Tarro canelo se incluye en el Libro Rojo de las aves de España como “En peligro crítico” y aparece en la categoría “De interés especial” en el Catálogo Nacional de Especies Amenazadas. La especie ha sido incluida en la lista de especies protegidas elaborada por el Ministerio de Agricultura español y su caza, captura, conservación y tráfico están prohibidos.

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